viernes, 26 de junio de 2009

Como la niña de tus ojos…




Como a la niña de tus ojos, me tenías guardada en el hueco de tu mano. En ése lugar me sentía mimada y podía retozar con regocijo, como el bebé que nada seguro en el claustro materno. En el hueco de tu mano, me sentía protegida, aislada de todo lo que me pudiese dañar. Podía mirar tu rostro y buscar que mis ojos se fijaran en los tuyos, cada vez que necesitaba aprobación. Cuando alzabas tu mano, yo me sentía bien cerca de ti…pegadita a tu corazón y podía oírte susurrar a mi oído:

“No temas, porque yo te redimí;
Te puse nombre, mía eres tú…a
A mis ojos eres de gran estima, y te amo..”

Era emocionante sentir que me lo decías a mí. Nada es comparable a esa paz y la confianza que me daba el dormir en tus brazos, papito…mientras no cesabas de repetirme cuánto me amabas. Y que por encima de lo que me digan o piense, o sienta…que a pesar de lo que haga o deje de hacer, tu amor es incondicional; tú siempre me amarás. Ese concepto del amor, era demasiado grande para mí; no lo podía comprender, ni pude contenerlo, porque desde la miseria de mi mezquindad, apenas si mantuve mi corazón semi-abierto para ti.
¡Y pensar que como a la niña de tus ojos, tú me tenías guardada en el hueco de tu mano!
No sé cómo pasó, ni cuándo, pero de pronto, empecé a sentirme profundamente sola, demasiado insegura. Dejé de retozar con regocijo y atemorizada me puse en un rincón, a la defensiva…como un bebé que se protege de las manos asesinas que buscan arrancarlo del seno materno y desecharlo como abortivo. En el hueco de tu mano, comencé a sentirme desprotegida… rodeada de todo lo que me podía dañar. O quizás ya no estaba allí, y yo no lo sabía.

Ya no veía tu rostro y mis ojos no podían sostener tu mirada; evitaban a los tuyos, porque presentía que en ellos no hallaría aprobación. Cuánto más alzabas tu mano, yo me sentía más lejos de ti. Estaba más pegada al suelo, que a tu corazón. No sentía más ésa paz y la confianza que me dabas, papá. Es que pretendía dormir en otros brazos. El tampoco dejaba de repetirme cuánto me amaba, pero en lo profundo de mi corazón, yo sabía que su amor sí era condicionado y de seguro se acabaría.
Señor, no sé en qué momento me caí del hueco de tu mano, pero sí sé que sigo siendo la niña de tus ojos. Perdóname señor, por no ser diligente en cuidar ese lugar de privilegio en que me tenías guardada. Perdóname Señor…no te pido que me vuelvas a colocar en tu mano, porque sé que no lo merezco. Sólo te ruego que me des un lugar junto a tus pies, y que me permitas como a aquella mujer, lavarlos con mis lágrimas. Déjame llorar aquí, en el suelo, humillada, con mi rostro junto al polvo y en posición fetal. Estoy carente, sola, y profundamente triste.
Déjame llorar aquí…no me toques ni me digas nada. Sólo te ruego una cosa: Mírame…mírame con ésa profunda dulzura que sólo emana de ti y ámame…por favor ámame mucho como jamás nadie me amó, ni me amará. Amame Señor…ámame como a la pequeñita, porque lo necesito. Solamente tu amor me dará la fuerza para ponerme otra vez en pie, y trepar por tu regazo hasta volver a ubicarme y mantenerme por siempre en el hueco de tu mano, bien cerca de ti, pegaditra a tu corazón…
…COMO LA NIÑA DE TUS OJOS…